sábado, 14 de mayo de 2016

El plan de los buenos hábitos

¿Cuál es el cambio que tiene que dar nuestra vida para que, de repente, queramos seguir a rajatabla hábitos saludables?

La médico del Consejo Superior de Deportes, África López-Illescas, explica que esto suele ocurrir cuando alguien ha tenido algún susto como, por ejemplo, un infarto o una analítica que nos muestra que tenemos el colesterol muy alto.

Sin embargo, siempre hay otro pequeño grupo de personas que tienen un día bueno y deciden estar más sanos y sentirse mejor. Para conseguirlo “deciden hacer ejercicio de forma regular y mantener una alimentación equilibrada“.

Un gran esfuerzo

Según la doctora, estos cambios “hacen que nuestro cerebro gaste mucha energía para generar los llamados circuitos de hábitos o de tareas”.

A medida que las acciones deseadas se repiten tanto en el tiempo como en el espacio,y se incrementa su intensidad, se convierten en hábitos. De esta manera, conseguimos modificar los circuitos cerebrales.

A pesar de que los beneficios que se pueden alcanzar son muy buenos, “fallamos a la hora de crearlos”.

La doctora añade que además del gran esfuerzo que tiene que hacer el cerebro también se encuentra otra variable influyente: el miedo al cambio.

La experta explica que como no se trata de añadir un hábito, sino de sustituirlo por otro más saludable, se genera una sobreestimulación en una zona del cerebro llamada amígdala, lugar en el que se ubican las emociones básicas.

Además, hay que contar con las expectativas y los resultados con los que parte una persona que se inicia en este proceso.

Los sentimientos negativos

Cuando una persona no consigue sus objetivos tiene un gran sentimiento de culpa. ¿Por qué no soy capaz de dejar de fumar? ¿Por qué cuando salgo a correr no aguanto más de 10 minutos? ¿Podré dejar de ingerir tanta comida basura?

Claro que se pueden cambiar estas conductas pero no hay que permitir que se genere “el enfado y reproche hacia uno mismo”.

Según la doctora, “si forjamos una decepción produciremos una incapacidad para un nuevo intento en el futuro”.

Además, unida a esta decepción se generan también reacciones de tipo físico: “contracturas musculares, dolor, alteración de la frecuencia cardíaca, de la piel o del metabolismo”.

Únete al programa

“Mi Acción Saludable”

Si no puedes modificar tus malos hábitos, es momento de pasar a la acción. África López-Illescas lleva poniendo en práctica el programa “Mi acción Saludable” (MAS) desde hace varios años.

Según su experiencia en este trabajo, puede asegurar que sus pacientes no sólo mejoran su calidad de vida o el transcurso de una enfermedad, sino que presentan una mayor satisfacción y autoestima.

El reto

Para conseguir el reto hay que afrontarlo desde una perspectiva diferente:

• Identificación de los deseos y objetivos a alcanzar. Su expresión verbal ayuda en la comunicación con uno mismo.

Cada persona se identifica con un mantra diferente, con el que mejor conecte con sus áreas cerebrales. La palabra mantra se traduce como instrumento de la mente.

Ejemplo: “Yo en este momento decido dejar de fumar este cigarrillo”, “yo en este momento decido salir a correr”, “yo en este momento decido cambiar mi plato rico en grasas por una ensalada rica en frutas y verduras”. ¿Y después?

• La experta detalla que cuando se realiza la propia acción se elude al mecanismo de expectativas, miedo o culpa, y el efecto que esto produce en el cerebro está relacionado con la plasticidad neuronal en la que el aprendizaje y la memoria se ven recompensados con el “éxito de ser capaces de realizar las relaciones saludables que hemos decidido”.

En definitiva, “a mayor número de acciones saludables, mayor transformación de esas rutinas en hábitos saludables”.

4 HÁBITOS

HÁBITO 1: Cepillarse la lengua

Es indispensable en algunos de los hábitos más necesarios de nuestro día a día: masticar, saborear, hablar. La lengua es el único conjunto de músculos voluntarios que no se fatiga y, al igual que las huellas digitales, es diferente en cada persona.

Su cuidado es muy importante y, sin embargo, muchas personas la excluyen de su higiene bucodental. La lengua, por su anatomía, es la parte de la boca donde se acumulan más bacterias, y si no la limpiamos correctamente nuestro cepillado no habrá servido de nada.

Cepillarse la lengua, además elimina el mal aliento (halitosis). En el 90 % de los casos el origen del mal aliento está en la boca y está asociado al denominado cubrimiento lingual (bacterias en la parte posterior de la lengua).

HÁBITO 2: Taparse la boca al estornudar o toser

Cuando no contamos con un pañuelo de papel a mano para cubrirnos la boca y la nariz, lo mejor es que tosa o estornude en la parte interior del codo o la parte superior del brazo, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

El punto es evitar el uso de las manos, que pueden no estar limpiar, y también puede propagar fácilmente los gérmenes alrededor. Cubrirse también evita que las gotas cargadas de gérmenes sean lanzadas al aire, donde pueden aterrizar en superficies que se tocan con frecuencia y contagiar a otros.

HÁBITO 3: Tomar agua

Normalmente, los médicos recomiendan entre 6 y 8 vasos de agua al día, o 1 litro o litro y medio de agua, aunque depende de la complexión, salud y actividad. El otro medio litro necesario se puede obtener de frutas y verduras, ya que son alimentos que de por sí muy acuosos.

Si el agua no nos gusta o nos parece aburrida, se puede poner un poco de dinamismo mediante la adición de rodajas de limón, lima o naranja. Las consecuencias de no tomar suficiente agua son: dolor de cabeza, fatiga, cambios de humor, calambres y otros.

HÁBITO 4: Descansar los ojos

Celular, monitor, televisor. En los días que nos tocan, pasamos horas y horas mirando las pantallas. Las consecuencias más comunes son la fatiga ocular, dolor de cabeza, visión borrosa, mala focalización, enrojecimiento de los ojos, el llamado “ojo seco“, que consiste en que como el usuario parpadea menos al poner atención en la pantalla, la superficie ocular; o lo contrario, el llamado “ojo húmedo“, que se debe a que la carga electrostática de las pantallas atrae polvo, y esto puede generar alergias oculares y por tanto humedecer el ojo.

Para proteger nuestros ojos del estrés diario, los médicos recomiendan la regla de “20-20-20” ¿En qué consiste? Muy fácil, si tenemos que estar varias horas pegados a la pantalla (aunque también podemos aplicarlo a teléfonos celulares o libros digitales), debemos dirigir la mirada cada 20 minutos, por un periodo de 20 segundos, algún objeto que se encuentre a una distancia de 6 metros. Esto permite que los ojos se reenfoquen y, de esta manera, descansen.

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